El pasado 31 de diciembre de 2019 la Comisión Municipal de Salud y Sanidad de Wuhan (provincia de Hubei, China) informó sobre un grupo de 27 casos de neumonía de etiología desconocida, que constituyeron el origen de un brote epidémico de naturaleza vírica que se ha ido extendiendo rápidamente más allá de las fronteras chinas, afectando, a fecha de hoy, a unas 380.000 personas de 185 países, con más de 16.400 fallecidos .

En España se han superado ya los 35.000 casos y los 2.200 fallecidos. Y cuando ustedes lean estas cifras, ya van a estar obsoletas; tal es la velocidad de la pandemia. Más allá de las consecuencias sanitarias, la crisis provocada por la epidemia del coronavirus COVID-19 está teniendo y va a tener importantes repercusiones globales. La configuración geoeconómica y geopolítica que salga de la misma va a ser muy diferente a la actual, y el papel de China en el mundo puede también cambiar radicalmente. ¿Hasta qué punto? El tiempo nos lo dirá. En el artículo de hoy, con el que inicio mi andadura en el Blog Salmón, trataremos de dilucidar algunas claves de futuro.

La respuesta china

China tiene miedo a lo que no puede controlar. Desde hace décadas, el régimen de la República Popular lleva gobernando su desarrollo económico y el despliegue de su influencia global con una determinación férrea, un plan a largo plazo y un control político total, acompañados por una potentísima economía de mercado que ha ido escalando posiciones en el escalafón mundial. La irrupción del coronavirus ha venido a trastocar esa senda cuidadosamente trazada, haciendo peligrar tales ambiciones. Tanto por razones de emergencia sanitaria como geopolítica, la respuesta del gigante asiático no se ha hecho esperar, y ha estado a la altura de sus recursos y capacidades

China estableció desde el inicio de la crisis sanitaria cuarentenas completas y medidas de distanciamiento social riguroso en Wuhan y en otras zonas afectadas, cancelando los eventos masivos, suspendiendo en algunas regiones los sistemas de transporte público y decretando el cierre de estaciones de tren y aeropuertos. A todo ello hay que añadir una intensa vigilancia ciudadana y un estricto control de la información. A su vez, los responsables políticos de al menos 24 provincias, municipios y otras circunscripciones pidieron a principios de febrero el cierre de negocios y empresas para evitar la propagación del virus. Estas regiones, industriales en su mayoría, produjeron en 2019 el 80% del producto interior bruto y el 90% de las exportaciones chinas .

Como consecuencia de las acciones emprendidas, el grupo de investigación de la OMS en China estimaba a finales de febrero que el país asiático estaba consiguiendo contener la epidemia. Otros países asiáticos fuertemente afectados, como Corea del Sur o Singapur, establecieron protocolos sanitarios análogos en cuanto a rigor y efectividad. Tales medidas han spupuesto que el epicentro de la enfermedad se haya trasladado ahora a Europa y a los Estados Unidos. Así, mientras China reduce día tras día su cifra de infectados y empieza a flexibilizar sus restricciones, el mundo occidental se enfrenta a una crisis de enormes dimensiones y de consecuencia inciertas.

Las consecuencias económicas

La contundente respuesta sanitaria china ha tenido un importante coste económico para el país. La actividad del sector manufacturero y de servicios disminuyó drásticamente en febrero. Según datos del FMI, el descenso de la manufactura es comparable a la que se produjo al inicio de la crisis financiera mundial, mientras que la disminución en el sector servicios es todavía mayor, lo que refleja los enormes efectos del distanciamiento social.

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Este parón económico chino ha tenido asimismo un impacto severo a nivel internacional, debido a su mucha mayor integración en las cadenas de valor globales, empezando por los mercados asiáticos.

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La interrupción de las cadenas de suministro ha impactado en la capacidad de las fábricas de todo el mundo (especialmente en los sectores del automóvil, electrónica y bienes de equipo), ya de por sí afectadas de forma directa por la propia crisis sanitaria. Estos efectos se hacen sentir en un incremento de costes, una reducción de márgenes, cierres de plantas y, como consecuencia, en una disminución de la productividad general con efectos sobre el empleo. A su vez, la incertidumbre y la merma en la actividad económica inciden de forma directa en el consumo y la inversión, realimentando el peligroso ciclo perverso que conduce a la recesión.

La adopción de medidas fiscales o monetarias para responder a la situación actual es además limitada y particularmente compleja, debido al nivel al que se encuentran los tipos de interés –en mínimos y en tipos negativos- y al elevado volumen global de deuda –en máximos históricos y al nivel del 322% del PIB (223% para las economías emergentes y 383% para las desarrolladas). Ante la creciente desconfianza, los mercados financieros se están desplomando. Las repercusiones económicas ya están aquí.

¿Hacia una reevaluación del papel de China en el mundo?

Como hemos comentado, mientras las economías occidentales se detienen en seco por la crisis sanitaria, en China parece haber pasado ya lo peor. Aparentemente. Durante enero y febrero, las ventas al por menor se desplomaron un 20.5%, la producción industrial un 13.5% y la inversión en activos fijos un 24.5%. Recuperar los niveles precrisis en un entorno en el que sus principales clientes mundiales se encuentran paralizados parece una misión muy difícil. En primer lugar, porque China necesita blindar sus fronteras para prevenir un rebrote pandémico. En segundo lugar, porque la desconfianza global hacia China se ha disparado debido al oscurantismo oficial durante las primeras semanas del brote epidémico, hurtando a la comunidad científica y sanitaria internacional datos vitales sobre su origen, severidad, vías de contagio, número de afectados y medidas inciales adoptadas para contenerlo. Algo que no se olvidará cuando pase la tormenta.

Esta confianza es vital para que China pueda mantener su crecimiento económico y asegurar los tres grandes objetivos estratégicos que persigue a largo plazo: estabilidad regional, garantía de suministro energético y expansión de su influencia. Una crisis sistémica global en la que aparezca como principal culpable haría tambalear dicha estrategia, cuidadosamente diseñada e implantada a través de diversas iniciativas, entre las que sobresale su joya de la corona, la llamada Nueva Ruta de la Seda (OBOR, One Belt, One Road). Asegurar los seis corredores económicos-comerciales que conectan el gigante asiático en todas direcciones (Pakistán, Asia Central, Sur y Sudeste Asiático, Oriente Medio y al final del camino, Europa) va a resultar mucho más complicado en el medio plazo.

Subsiste, además, una lógica económica inescapable: esta crisis ha abierto los ojos de muchos países sobre el nivel de dependencia que sus cadenas de suminitro tienen de China. Ello les conducirá con toda seguridad a reexaminar sus estrategias industriales y comerciales cuando finalice la crisis, lo que puede traducirse finalmente en una posible desconexión de inciertos efectos para Pekín. El coronavirus ha iniciado un proceso desglobalizador que obligará a todos los estados e instituciones internacionales a reexaminar sus cimientos económicos. Nadie saldrá indemne del proceso.

No es de extrañar que China esté ya tratando de reaccionar a estos efectos negativos. La campaña de desinformación sobre un posible papel del ejército de EE.UU. en la diseminación del coronavirus en Wuhan, así como la enérgica y muy mediática respuesta con ayuda material y sanitaria a Italia y España, están detrás del interés chino en limpiar su imagen ante el mundo. Más allá de su aparente generosidad e indudable capacidad de movilización de recursos, nunca debemos olvidar que el gigante asiático siempre actúa con un propósito y lo ejecuta con la firmeza propia del régimen autoritario que es. En este sentido, habrá que estar también muy alerta de la posible toma de control económico de empresas estratégicas europeas, muy debilitadas por la crisis del coronavirus, por parte de compañías chinas bajo la férrea batuta política de su gobierno.

El dominio del espacio geoeconómico y político global está en juego. China no está dispuesta a perder un terreno que le ha costado décadas conquistar, pero la irrupción no planificada del coronavirus puede haber trastocado seriamente sus planes. El tiempo, ese juez implacable, nos lo dirá.

Este artículo fue publicado originariamente por Sebastián Puig en El Blog Salmón. Agradecemos a El Blog Salmón que nos haya permitido publicarlo y compartirlo con todos nuestros serguidores.